Aunque el tope de cuadrangulares impuesto por Henry Louis Aaron el 8 de abril de 1974 fue roto en la temporada de 2007 por Barry Bonds, debiera establecerse cierta diferenciación entre el record precedente y el actual porque el de Hank Aaron nunca dio resquicio a la duda.
   Este jovial y flemático atleta, traído al mundo en Mobile, Alabama, el 5 de febrero de 1934, vino quizás con el rótulo del estrellato en su frente porque no demoró mucho en escalar al “Gran Show” poco después de ser avistado por Dewey Griggs, buscador de talentos de los Bravos, mientras se desempeñaba como torpedero de Indianapolis en la Liga Americana Negra.
   Así, y dispuesto a demostrar que era un superdotado, el futuro rey jonronero de los tiempos modernos entró a la nómina de los Bravos de Milwaukee, Liga Nacional, como agente libre el 14 de junio de 1952 a la edad de 18 años.
   Las disertaciones ofrecidas por Aaron en la etapa de maduración antes de su debut al máximo nivel concedieron la razón a los ejecutivos que desembolsaron 10 mil dólares por el mocetón.
   Tanto en la Liga Norte como en la Sally, Hank golpeó la píldora a sus anchas. En la primera conectó para .336 en 345 veces al bate; en la segunda- ya en 1953- quedó como líder de los bateadores con .362 producto de 208 jits en 574 turnos. Allí también dio visos de poder porque botó 22 pelotas al tiempo que impulsó 125 anotaciones.
   Con todos esos puntos a favor, el novato tuvo su bautismo de fuego el 13 de abril de 1954 y no hizo quedar mal a sus seguidores pues concluyó con .280 en 468 veces al bate.
   Ya en su segunda campaña compiló por encima de .300 (.314) por vez primera. Ese hábito de conectar por encima del mítico guarismo sucedería en 14 de sus veintitrés temporadas. Incluso tanto en 1956 (.328) como en 1959 (.355) encabezó el liderato de bateo.
   En 1957, el “Martillo”, que bateó 44 cuadrangulares durante esa campaña, fue seleccionado el Jugador Más Valioso de la Liga Nacional, y condujo a su conjunto a la discusión de la Serie Mundial, en la que tuvo un papel cenital en el triunfo de Milwaukee sobre los Yanquis de Nueva York, al archivar 11 incogibles en 28 turnos al rectángulo para alcanzar .393 con tres vuelacercas y 7 carreras empujadas.
   A esas alturas no se presagiaba aún el alcance de las potencialidades del prospecto ya convertido en realidad, que paso a paso y año tras año se acercaba a cotas poco menos que impensables.
   Pero imbuido de una sangre fría fuera de lo común, “Hammerin’ Hank” fue hilvanando cifras asombrosas de bases recorridas, carreras impulsadas y cuadrangulares que comenzaron a llamar la atención poderosamente.
   Tómese en cuenta que entre 1957 y 1973 Hank logró 15 campeonatos con 30 jonrones o más y 8 en los que conectó 40 cuadrangulares al menos. Y fue precisamente cuando Aaron despidió cuatro decenas de pelotas en 1973 que la presión alcanzó ribetes espectaculares, pues se quedó a uno del empate y a dos de imponer la primacía.
   Este, no obstante, se mantenía impasible ante la posibilidad de hacer añicos la sacrosanta suma de 714 bambinazos impuesta por el glorioso Babe Ruth en su enaltecedor derrotero.
   Para la mayoría de los compañeros de equipo del “Martillo” la ecuanimidad del mismo era increíble. “Lo que siempre recordaré, dijo uno de ellos, “es la manera en que se desenvuelve. Y algo más, nada de esto lo ha hecho cambiar”.
    Añádase a ello las constantes amenazas de muerte que recibió por parte de elementos racistas que rabiaban de impotencia ante el hecho de que fuera un negro quien rompiera el record del Bambino.
   La igualada sobrevino al primer swing del campeonato siguiente sobre un envío de Jack Billingham en el Estadio Riverfront de Cincinnati; y el paroxismo llegó a su límite tres encuentros después en el estadio Atlanta, el octavo día del cuarto mes del año cuando el reloj ubicado en el Jardín izquierdo marcaba las 9. 07 p.m.
   En ese preciso momento Hank enganchó un lanzamiento del lanzador de Los Ángeles Al Downing y la pelota aterrizó en el bulpén de los Bravos de Atlanta, donde el relevista Tom House la capturó de aire.
    Este último diría posteriormente: “En esa gran multitud alrededor del plato lo encontré mirando por encima del hombro de su madre, abrazándola hacia él y de repente vi lo que mucha gente no ha sido capaz de ver en él- una emoción profunda. Nunca había visto eso antes. Tiene mucha flema. Nunca se excita”.
   Y prosiguió Tom: “Tenía lágrimas en sus párpados. Yo apenas podía creerlo. “Martillo, aquí la tienes”, dije. Puse la pelota en su mano. Me dijo “Gracias, muchacho”, y me tocó el hombro. Me quedé mirándolo. Y entonces fue que comprendí lo que ese jonrón significaba, no solo para él; sino para todos nosotros”.
   Definitivamente Hank Aaron con su perseverancia y calidad estremeció los libros de registros ofensivos de todos los tiempos pues al momento del retiro el 3 de octubre de 1976 no solo había bateado 755 cuadrangulares, sino que había recorrido más bases que todos (6, 865), impulsado el mayor número de carreras (2, 297), participado en 23 juegos Todos-Estrellas, y encabezado el total de extrabases con 1, 477.
   Asimismo su promedio general de bateo fue .305 como para demostrar su gran tacto, y resultó ser el primer jugador con la dupla de más de 3, 000 jits (3, 771) y 500 cuatriesquinazos.
   Su genialidad como jugador se complementa con los tres Guantes de Oro sucesivos (1958-60) que se acreditó como defensor del jardín derecho.
   Hank Aaron, que estuvo en Cuba en enero de 1993 como ejecutivo de la Turner Broadcasting System, se granjeó la admiración y respeto de los amantes al béisbol en la Isla por su modestia y afabilidad.
   Algunas declaraciones hechas por él entonces pueden explicar el porqué de sus hitos imperecederos: “Cuando yo jugaba, salíamos al terreno con otra mentalidad, con más amor. Hoy en día los jugadores piensan más en el dinero que en el equipo”.
   Es por eso, Hank, que tus marcas son inmaculadas.
Tomado de: Aquí se habla de Grandes: Segundo Inning. Por: Rogelio A. Letusé La O.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here